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El valor de renunciar y cambiar de rumbo

Pocas palabras tienen una connotación tan innecesariamente negativas como “renunciar”. Vivimos en un sistema donde se espera que todo nuestro tiempo sea productivo, así que dejar algo en lo cual hemos invertido tiempo sin llegar a ver sus frutos es considerado un desperdicio.
Esto aplica para trabajos, relaciones, etc., pero hoy quiero enfocarme en un tema en particular donde renunciar se toma como un fracaso: objetivos planteados a inicio de año.

A inicios del 2020 tenía la meta de leer doce libros, uno por cada mes. Iba por el quinto con muy buen ritmo, cuanto me empecé a interesar en lectura interactiva y como retener más información sobre lo que uno consume. Ahí me di cuenta que en realidad casi no había retenido nada de los libros que llevaba leídos, y que si iba a intentar aplicar las técnicas de lectura activa a los siete libros que me faltaban, no iba a terminar mi meta del año.

Así que decidí renunciar a mí meta de leer doce libros, y dedicarme a releer los cinco libros que había leído a inicio de año donde no había aplicado lectura interactiva. Los libros que he releído son los libros que he publicado en este blog, y aun me faltan tres libros más de releer. Por un momento pensé que renunciar a esa meta era un tipo de fallo de mi parte, pero luego pensé que si estaba solo haciendo por hacerlo tampoco valía la meta continuar, así que decidí cambiar el rumbo.

No hay que caer en la trampa del “costo hundido”, es decir que solo porque uno ha invertido mucho tiempo en algo debe continuarlo hasta terminar, aun cuando ya no no espera nada del resultado. Cambiar de rumbo siempre es una opción disponible, con sus riesgos y costos, pero disponible siempre.

Es mejor llegar lento al lugar en el cual nos sintamos comodos, que solo llegar rápido a cualquier lugar por dejar de andar y probar.

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